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La pandemia y la economía mundial

por Jayati Ghosh

El siguiente análisis de Jayati Ghosh sobre las consecuencias económicas del coronavirus para los países del Sur Global y como enfrentarlas se publicó por primera vez en Dissent el 20 de abril de 2020 (y se volvió a publicar en MR Online el 22 de abril de 2020). La autora y los editores de Dissent nos han concedido amablemente permiso para traducirlo y volver a publicarlo aquí. -BMN y PSU, 28/04/2020

Gente esperando por paquetes de raciones en Nueva Delhi durante el cierre nacional de la India (Sanchit Khanna/Hindustan Times via Getty Images)

Todavía hay muchas incertidumbres sobre la pandemia de COVID-19: sobre el alcance de su propagación, su gravedad en los distintos países, la duración del brote y si una disminución inicial podría ir seguida de una reaparición. Pero algunas cosas ya son ciertas: sabemos que el impacto económico de esta pandemia ya es inmenso, empequeñeciendo todo lo que hemos experimentado en la memoria viva. La conmoción actual de la economía mundial es ciertamente mucho mayor que la de la crisis financiera mundial de 2008, y es probable que sea más grave que la Gran Depresión. Incluso las dos guerras mundiales del siglo XX, si bien interrumpieron las cadenas de suministro y devastaron la infraestructura física y las poblaciones, no entrañaron las restricciones a la movilidad y la actividad económica que existen actualmente en la mayoría de los países. Por consiguiente, se trata de un reto mundial sin precedentes y requiere respuestas igualmente sin precedentes.

Este impacto económico tan grave no se debe en gran medida a la pandemia en sí misma, sino a las medidas que se han adoptado en todo el mundo para contenerla, que han ido desde restricciones relativamente leves a la movilidad y a las reuniones públicas, hasta cierres totales (y medidas drásticas) que han paralizado la mayor parte de la actividad económica. Esto ha significado un ataque simultáneo a la demanda y a la oferta. Durante los cierres, las personas (especialmente las que no tienen contratos de trabajo formales) se ven privadas de ingresos y el desempleo aumenta drásticamente, causando enormes descensos en la demanda de consumo que continuarán durante el período posterior al levantamiento del cierre. Al mismo tiempo, se detienen la producción y la distribución de todos los productos básicos y servicios, salvo los esenciales -e incluso en esos sectores, la oferta se ve gravemente afectada por problemas de aplicación y por una atención insuficiente a los vínculos entre insumos y productos que permiten la producción y la distribución-. Las anteriores crisis regionales y mundiales no han supuesto este cese casi total de la actividad económica. La combinación mortal de colapsos tanto de la demanda como de la oferta es la razón por la que esta vez es verdaderamente diferente y debe ser tratada de manera diferente.

El comercio mundial de mercancías y servicios se está colapsando. La OMC prevé que el comercio caerá entre el 13 y el 32 por ciento en 2020. Pero, incluso, estas sombrías proyecciones podrían ser subestimadas, porque implícitamente dependen de una contención relativamente rápida del virus y del levantamiento de las medidas de bloqueo a finales del verano. Las exportaciones de mercancías -aparte de las consideradas «esenciales»- han cesado efectivamente; los viajes han disminuido a una fracción minúscula de lo que eran, y el turismo también se ha detenido por el momento; varios otros servicios transfronterizos que no se pueden proporcionar electrónicamente se están contrayendo bruscamente. Los precios del comercio se han derrumbado y seguirán disminuyendo. En el mes anterior al 20 de marzo de 2020, los precios de los productos básicos cayeron un 37%, y los de la energía y los metales industriales un 55%.

Dentro de los países, la actividad económica se está contrayendo a ritmos hasta ahora inimaginables, provocando no sólo un dramático colapso inmediato sino también las semillas de una futura contracción a medida que empiezan a manifestarse los efectos multiplicadores negativos. Sólo en los Estados Unidos, alrededor de 22 millones de personas perdieron su empleo en cuatro semanas, y se estima que el PIB se contraerá entre el 10 y el 14% de abril a junio. En otros lugares la pauta no es diferente, probablemente peor, ya que la mayoría de los países se enfrentan a múltiples fuerzas de declive económico. El 14 de abril el FMI predijo que la producción mundial caerá un 3 por ciento en 2020, y hasta un 4,5 por ciento en términos per cápita -y esto se basa en las proyecciones más optimistas-.

Estos colapsos en la actividad económica afectan necesariamente a las finanzas mundiales, que también están en caos. El clásico punto de vista de que los mercados financieros son imperfectos no sólo por la asimetría sino también por la información incompleta se está confirmando en la práctica: estos mercados son todo cuestión de tiempo, y ahora debemos aceptar dolorosamente que nadie puede conocer el futuro, ni siquiera unos pocos meses por delante. Las apuestas financieras y los contratos hechos hace sólo unos meses ahora parecen completamente inverosímiles de sostener. La mayoría de las deudas son claramente impagables; las reclamaciones de los seguros serán tan extremas que acabarán con la mayoría de las aseguradoras; los mercados accionarios se están derrumbando a medida que los inversores se dan cuenta de que ya no son válidas ninguna de las suposiciones sobre las que se hicieron las inversiones anteriores. Estas fuerzas negativas juntas equivalen a enormes pérdidas que podrían amenazar la viabilidad misma del orden capitalista mundial (un orden que ya estaba luchando por mostrar algún dinamismo en la última década).

Efectos desiguales

En un mundo ya muy desigual, esta crisis ya ha aumentado y seguirá aumentando considerablemente la desigualdad mundial. Esto se debe en gran parte a las respuestas de política muy diferentes en la mayoría de los países en desarrollo (aparte de China, el origen de la pandemia, que ha logrado contener su propagación y reactivar la actividad económica con relativa rapidez) en comparación con las economías avanzadas. La enorme magnitud de la crisis se ha registrado al parecer en los encargados de formular políticas del mundo desarrollado, que han abandonado (probablemente de forma temporal) todo discurso sobre la austeridad fiscal y de repente parecen no tener ningún problema para monetizar simplemente sus déficits públicos. Es probable que el sistema financiero mundial se hubiera derrumbado en el pánico que surgió en la tercera semana de marzo, sin la intervención masiva de los principales bancos centrales del mundo desarrollado -no sólo la Reserva Federal de los Estados Unidos sino el Banco Central Europeo, el Banco del Japón, el Banco de Inglaterra y otros-.

El «exorbitante privilegio» de los Estados Unidos como poseedor de la moneda de reserva mundial obviamente le da mayor libertad para apuntalar su propia economía. Pero otros países desarrollados también están proponiendo paquetes fiscales bastante grandes, desde el 5% del PIB en Alemania hasta el 20% en Japón, además de otras medidas expansionistas y estabilizadoras a través de sus bancos centrales.

En cambio, la mayoría de los países en desarrollo tienen mucho menos margen de maniobra para aplicar esas políticas, e incluso las economías en desarrollo más grandes que podrían hacerlo parecen estar limitadas por el temor a que los mercados financieros los castiguen aún más. Esto es terrible: sus desafíos económicos son ya mucho mayores que los del mundo desarrollado. Los países en desarrollo -muchos de los cuales aún no han experimentado toda la fuerza de la propagación del virus- han sido golpeados por la tormenta perfecta del colapso del comercio mundial; caída de las remesas, bruscas inversiones de las corrientes de capital y depreciación de la moneda. Se estima que en sólo el mes de marzo la fuga de capital de los activos de los mercados emergentes fue de 83.000 millones de dólares, y desde enero se han superado los 100.000 millones de dólares, en comparación con los 26.000 millones de dólares de la crisis financiera de 2008. Las inversiones de cartera han disminuido por lo menos un 70 por ciento de enero a marzo de 2020, y los márgenes de los bonos de mercados emergentes han aumentado considerablemente. Las monedas de los países en desarrollo se han depreciado en su mayor parte de manera pronunciada, excepto en China. La crisis de las divisas está generando graves problemas en el servicio de la deuda externa, lo que resulta más difícil de hacer debido a la disminución de las entradas de divisas y al aumento de los costos internos del servicio de la deuda. A principios de abril, ochenta y cinco países se habían dirigido al FMI en busca de asistencia de emergencia debido a los graves problemas para cumplir las obligaciones de pago de divisas, y es probable que ese número aumente.

Estas presiones externas, que en conjunto ya son mucho mayores que las experimentadas durante la Gran Depresión, han llegado a afectar a economías que están luchando con las terribles consecuencias económicas internas de sus estrategias de contención del virus. La carga de estos procesos ha recaído masivamente sobre los trabajadores informales y los trabajadores por cuenta propia, que se ven privados de sus medios de vida y caen en la pobreza a un ritmo muy rápido. El 70% de los trabajadores de los países en desarrollo son informales y es poco probable que se les pague en absoluto durante los cierres en los que se ven obligados a permanecer inactivos. Los trabajadores con contratos formales también han empezado a perder sus empleos. La Organización Internacional del Trabajo estimó a principios de abril que más de cuatro de cada cinco trabajadores del mundo se enfrentan a los efectos adversos de la pandemia y las respuestas de política conexas, y la mayoría de ellos residen en el mundo en desarrollo. Es más probable que las mujeres trabajadoras se vean afectadas de manera desproporcionada; es más probable que pierdan sus empleos y experimenten importantes recortes salariales; es más probable que se vean racionadas fuera de los mercados laborales cuando haya empleos disponibles; es más probable que sufran durante los cierres debido a las mayores posibilidades de abuso doméstico, y es más probable que sufran una nutrición inadecuada en una época de escasez de alimentos en los hogares.

En muchos países, la pérdida de medios de vida está asociada a un aumento espectacular de la magnitud de la pobreza absoluta y al aumento del hambre, incluso entre los que antes no estaban clasificados como pobres. De hecho, es probable que el resurgimiento del hambre a escala mundial sea un legado desafortunado de la pandemia y de las medidas de contención resultantes. Para añadir a todas estas noticias deprimentes, la mayoría de los Estados de los países en desarrollo no podrán permitirse los niveles necesarios de financiación del déficit (mediante préstamos de los bancos centrales) para permitir los aumentos necesarios del gasto público, debido a las restricciones cambiarias y a la mayor vigilancia de los mercados financieros sobre sus déficits.

Las secuelas

Esto, desafortunadamente, es sólo el comienzo. ¿Qué pasará con las consecuencias, cuando la pandemia esté bajo control? Cabe reiterar que después de una sacudida sísmica de esta magnitud, las economías de todo el mundo no podrán simplemente seguir como antes, retomando lo que habían dejado antes de esta crisis. Durante el próximo año, es probable que muchas cosas cambien, incluida la reorganización mundial del comercio y las corrientes de capital. El comercio internacional seguirá siendo moderado durante un tiempo. La mayoría de los precios de las mercancías también se mantendrán bajos, porque la demanda mundial tardará un tiempo en recuperarse. Esto afectará a los ingresos de los exportadores de mercancías, pero no tiene por qué suponer una gran ventaja para los importadores de mercancías debido a las presiones deflacionistas generales derivadas de una demanda deprimida.

Por otra parte, la ruptura de las cadenas de suministro bien podría dar lugar a una escasez específica, incluso de algunos artículos esenciales, lo que generaría una inflación de los costos, especialmente en los países en desarrollo. Las corrientes de capital transfronterizas serán volátiles e inestables, y la mayoría de los países en desarrollo tendrán dificultades para atraer suficiente capital seguro en condiciones que permitan aumentar el ahorro interno y hacer frente a los costos de financiación del comercio. Es poco probable que las pronunciadas depreciaciones monetarias que ya se han producido se inviertan completamente y podrían incluso acelerarse más, dependiendo de las estrategias que se apliquen tanto en los países desarrollados como en los países en desarrollo. La caída del valor de las divisas, el aumento de los márgenes de los intereses pagados y el incremento de los rendimientos de los bonos seguirán haciendo que el servicio de la deuda sea un problema enorme. De hecho, la mayor parte de la deuda de los países en desarrollo será simplemente impagable.

Además de los problemas en los bancos nacionales y los prestamistas no bancarios debido a los probables incumplimientos de pago en gran escala, habrá enormes problemas en los mercados de seguros, con el fracaso de algunas compañías de seguros y el aumento de las primas que podría ser un desincentivo para que la mayoría de las empresas medianas y pequeñas se aseguren en absoluto. Los ingresos procedentes de los viajes y el turismo también se reducirán considerablemente a mediano plazo, ya que se habrá erosionado la confianza anterior que subyace a esos viajes. Asimismo, muchos migrantes habrán perdido su empleo. Es probable que la demanda de mano de obra extranjera disminuya en muchos países de acogida, por lo que también disminuirán las remesas. Todo esto seguirá ejerciendo presión sobre las finanzas de los gobiernos, especialmente (pero no sólo) en el mundo en desarrollo.

Evitando la catástrofe

Esta letanía de horrores está dentro del reino de lo posible. La gracia salvadora es que estos resultados no son inevitables: dependen crucialmente de las respuestas políticas. Las terribles consecuencias descritas anteriormente se basan en que las instituciones internacionales y los gobiernos nacionales no tomen las medidas que podrían mejorar la situación. Hay políticas nacionales y mundiales que podrían ayudar, pero deben aplicarse rápidamente, antes de que la crisis genere una catástrofe humanitaria aún mayor. Es esencial asegurarse de que las respuestas políticas no aumenten (como lo hacen actualmente) las desigualdades nacionales y mundiales. Esto significa que las estrategias de recuperación deben reorientarse para que no se entregue dinero a las grandes empresas sin una reglamentación adecuada de sus actividades, sino que se permita la supervivencia, el empleo y la demanda de consumo continuado de los grupos de ingresos pobres y medios, así como la supervivencia y la expansión de las empresas minúsculas, pequeñas y medianas.

Hay algunas medidas obvias que la comunidad internacional debe tomar de inmediato. Estas medidas se basan en la arquitectura financiera mundial existente, no porque esta arquitectura sea justa, equitativa o eficiente (no lo es), sino porque, dada la necesidad de una respuesta rápida y sustancial, simplemente no existe la posibilidad de construir instituciones y arreglos alternativos significativos con la suficiente rapidez. Las instituciones existentes -especialmente el Fondo Monetario Internacional- tienen que cumplir, lo que exige que se deshagan de su sesgo pro-capital y de su promoción de la austeridad fiscal.

El FMI es la única institución multilateral que tiene la capacidad de crear liquidez global, y este es el momento en que debe hacerlo a escala. Una emisión inmediata de Derechos Especiales de Giro (DEG), que son activos de reserva suplementarios (determinados por una cesta ponderada de cinco monedas principales), crearía una liquidez internacional sin costo adicional. Dado que una nueva emisión de DEG debe distribuirse de acuerdo con la cuota de cada país en el FMI, no puede ser discrecional y no puede estar sujeta a otros tipos de condicionalidad o de presión política. Se deben crear y distribuir por lo menos de 1 a 2 billones de DEG. Esto tendrá un enorme impacto para asegurar que las transacciones económicas internacionales mundiales simplemente no se incauten, incluso después de que se levanten los cierres, y que los países en desarrollo puedan participar en el comercio internacional. Es mucho menos probable que las economías avanzadas con monedas de reserva internacionales necesiten utilizarlas, pero pueden ser un salvavidas para los mercados emergentes y las economías en desarrollo, proporcionando recursos adicionales para luchar tanto contra la pandemia como contra el desastre económico. Son mucho mejores que depender del FMI para la concesión de préstamos, que a menudo requieren condiciones. En la medida en que se requieran préstamos de emergencia adicionales del FMI, también deben proporcionarse sin condicionalidades, como financiación puramente compensatoria para esta conmoción sin precedentes. La emisión de más DEG también es preferible a permitir que la Reserva Federal de los Estados Unidos desempeñe el papel de único estabilizador del sistema. Actualmente, las líneas de canje de la Reserva Federal están proporcionando a los bancos centrales de unos pocos países elegidos con liquidez en dólares a medida que ésta se va haciendo más escasa en esta crisis. Pero no se trata de una asignación multilateral basada en normas; estos canjes reflejan los intereses nacionales estratégicos de los Estados Unidos y, por lo tanto, refuerzan los desequilibrios mundiales de poder.

Una de las razones por las que hasta ahora sólo ha habido una emisión limitada de DEG (el último aumento se produjo después de la crisis de 2008, pero por un importe de sólo unos 276.000 millones de DEG), es el temor de que ese aumento de la liquidez mundial atice la inflación. Sin embargo, la economía mundial acaba de experimentar más de una década de los mayores incrementos de liquidez de la historia debido a la «flexibilización cuantitativa» de la Reserva Federal de los Estados Unidos sin inflación, ya que la demanda mundial se mantuvo baja. La situación actual sólo es diferente porque es más aguda. Si se utiliza liquidez adicional para invertir en actividades que alivien la escasez de oferta que probablemente se producirá debido a los cierres, también podría aliviar cualquier inflación de costos que pudiera surgir.

La segunda medida internacional importante es la que se refiere a los problemas de la deuda externa. Debería haber inmediatamente una moratoria o paralización de todos los reembolsos de la deuda (tanto del principal como de los intereses) durante al menos los próximos seis meses, a medida que los países hacen frente tanto a la propagación de la enfermedad como a los efectos del cierre. Esta moratoria también debería garantizar que los pagos de intereses no se acumulen durante este período. Es evidente que muy pocos países en desarrollo estarán en condiciones de atender al servicio de sus préstamos cuando las entradas de divisas se hayan detenido efectivamente. Pero, en cualquier caso, si todo lo demás está en suspenso en la economía mundial hoy en día, ¿por qué los pagos de la deuda deberían ser diferentes?

Una moratoria es un paso temporal para que estos países puedan seguir adelante durante el período en que la pandemia y los cierres están en su punto máximo. Pero es probable que, con el tiempo, sea necesaria una reestructuración sustancial de la deuda, y se debe proporcionar un alivio muy sustancial de la deuda, especialmente a los países de ingresos bajos y medios. La coordinación internacional sería mucho mejor para todos los interesados que los desordenados incumplimientos de la deuda que de otro modo serían casi inevitables.

Dentro de los Estados nacionales, la institución de controles de capital permitiría a los países en desarrollo hacer frente, al menos en parte, a estos vientos contrarios mundiales, frenando la volatilidad de las corrientes financieras transfronterizas. Esos controles de capital deben ser permitidos y fomentados explícitamente, a fin de reducir el aumento de las salidas de capitales, reducir la iliquidez provocada por las ventas en los mercados emergentes y detener las caídas de los precios de las divisas y los activos. Lo ideal sería que hubiera cierta cooperación entre los países para evitar que un solo país fuera blanco de los mercados financieros.

Las secuelas de esta crisis también van a exigir una reactivación de la planificación -algo que casi se había olvidado en demasiados países en la era neoliberal-. El colapso de los canales de producción y distribución durante los cierres significa que definir y mantener el suministro de mercancías esenciales es de importancia crítica. Esas cadenas de suministro tendrán que pensarse detenidamente en función de las relaciones entre insumos y productos que se establezcan, lo que a su vez requiere una coordinación entre los diferentes niveles y departamentos de los gobiernos, así como entre las provincias -y posiblemente también a nivel regional-.

Es probable que la pandemia provoque un cambio de actitud en materia de salud pública en casi todos los países. Décadas de hegemonía de la política neoliberal han dado lugar a drásticas reducciones del gasto público en salud per cápita tanto en los países ricos como en los pobres. Ahora es más que evidente que no se trataba sólo de una estrategia desigual e injusta, sino de una estrategia estúpida: ha hecho falta una enfermedad infecciosa para que se entienda que la salud de la élite depende en última instancia de la salud de los miembros más pobres de la sociedad. Quienes abogaron por la reducción del gasto público en salud y la privatización de los servicios de salud lo hicieron por su cuenta y riesgo. Esto también es cierto a escala mundial. Las actuales disputas patéticamente nacionalistas sobre el acceso a los equipos de protección y las drogas revelan una falta total de conciencia sobre la naturaleza de la bestia. Esta enfermedad no estará bajo control a menos que se controle en todas partes. La cooperación internacional no sólo es deseable sino esencial.

Al impulsar estas importantes estrategias para los gobiernos nacionales y las organizaciones internacionales, debemos ser conscientes de algunas preocupaciones. Una de ellas es el temor de que los gobiernos de todo el mundo aprovechen la oportunidad que presenta la pandemia para impulsar la centralización del poder, con un aumento significativo de la vigilancia y la supervisión de los ciudadanos, y una mayor censura y control de los flujos de información para reducir su propia contabilidad. Esto ya ha comenzado en muchos países, y el temor a la infección está haciendo que muchas personas en todo el mundo acepten invasiones de la privacidad y formas de control estatal sobre las vidas individuales que hace meses se habrían considerado inaceptables. Será más difícil mantener o revivir la democracia en esas condiciones. Se requiere una vigilancia pública mucho mayor tanto en la actualidad como después de que la crisis haya terminado.

También existe el temor de que el aumento de las desigualdades provocado por esta crisis refuerce las formas de discriminación social existentes. En principios, un virus no respeta las distinciones de clase u otras distinciones socioeconómicas. Pero hay conocidos bucles de retroalimentación negativa entre la miseria asociada a la pobreza de ingresos y las enfermedades infecciosas. En nuestras sociedades desiguales, los grupos pobres y socialmente desfavorecidos tienen más probabilidades de estar expuestos a COVID-19 y de morir a causa de él, porque la capacidad de las personas para adoptar medidas preventivas, su susceptibilidad a las enfermedades y su acceso al tratamiento varían enormemente en función de los ingresos, los activos, la ocupación y la ubicación. Tal vez lo que es peor, las políticas de contención de COVID-19 dentro de los países muestran un extremo sesgo de clase. El «distanciamiento social» (mejor descrito como distanciamiento físico) supone implícitamente que tanto las residencias como los lugares de trabajo no están tan abarrotados y congestionados como para que las normas prescritas puedan mantenerse fácilmente, y que otros elementos esenciales como el acceso al jabón y al agua no están limitados. El temor a la infección durante la pandemia ha puesto de manifiesto algunas formas más desagradables de discriminación y prejuicios sociales en muchos países, desde la antipatía hacia los migrantes hasta la diferenciación por motivos de raza, casta, religión y clase. En un momento en que la universalidad de la condición humana se pone de relieve por un virus, las respuestas en demasiados países se han centrado en divisiones particularistas, lo que hace presagiar un mal futuro.

A pesar de estas posibilidades deprimentes, también es cierto que la pandemia, e incluso la enorme crisis económica que ha traído consigo, también podría provocar algunos cambios de actitud que apuntan a un futuro más esperanzador. Tres aspectos de esto merecen ser comentados.

El primero es el reconocimiento de la naturaleza esencial y la importancia social del trabajo de cuidado y el mayor respeto y dignidad otorgados a los trabajadores de cuidado remunerados y no remunerados. Esto podría dar lugar a que las sociedades aumenten el número de trabajadores de cuidados remunerados, proporcionándoles la formación necesaria debido a una mayor apreciación de las aptitudes que entraña ese trabajo y ofreciéndoles una mejor remuneración, más protección jurídica y social y una mayor dignidad.

En segundo lugar, la mayor conciencia entre el público de la posibilidad real de que ocurran acontecimientos impensables y se desencadenen procesos inimaginables y terribles por nuestros modos de vida, también puede hacer comprender la realidad del cambio climático y los desastres que traerá consigo. Esto podría hacer que más personas tomen conciencia de la necesidad de cambiar la forma en que vivimos, producimos y consumimos, antes de que sea demasiado tarde. Algunos de los aspectos menos racionales de las cadenas de suministro mundiales, especialmente en la industria alimentaria multinacional (que ha alentado a que los productos de una parte del mundo se envíen a otra parte del mundo para su procesamiento, antes de volver a los lugares cercanos a su origen para ser consumidos), se cuestionarán y podrían perder importancia. Podrían seguir otros cambios en el estilo de vida y en las pautas de consumo y distribución.

Por último, en un nivel más filosófico, las amenazas existenciales como las pandemias fomentan un mayor reconocimiento de las cosas que realmente importan en la existencia humana: la buena salud, la capacidad de comunicarse e interactuar con otras personas y la participación en procesos creativos que aportan alegría y satisfacción. Estas realizaciones podrían alentar los primeros pasos hacia los cambios civilizacionales que conducen a la reorganización de nuestras sociedades. Existe la oportunidad de alejarse de los supuestos dominantes sobre la maximización de la utilidad individualista y el motivo del beneficio, y pasar a marcos sociales más solidarios y cooperativos.


Sobre Jayati Ghosh
Jayati Ghosh es profesora de economía en la Universidad Jawaharlal Nehru de Nueva Delhi y secretaria ejecutiva de International Development Economics Associates (IDEAS). Está estrechamente involucrada con una serie de organizaciones progresistas y movimientos sociales. Ha escrito para Monthly Review y blogs en triplecrisis.com y networkideas.org/jayati-blog.

Traducido por Brian M. Napoletano y Pedro S. Urquijo, 28 de abril de 2020.

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