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Pulverizado: capitalismo, África y COVID-19

por Leo Zeilig y Hannah Cross

En el siguiente artículo, que apareció por primera vez en el Review of African Political Economy (ROAPE) el 30 de marzo de 2020, se describe cómo el brote de coronavirus se siente de manera diferente en el Sur global, donde para muchas crisis importantes forma parte de la vida cotidiana. Con países de todo el mundo que de repente adoptan medidas que apenas unos meses antes se consideraban imposibles o «demasiado socialistas», Leo Zeilig y Hannah Cross sostienen que ha llegado el momento de construir un movimiento para una nueva solidaridad entre los pueblos del Norte y del Sur. Los editores de ROAPE nos han dado amablemente permiso para traducir y republicar el ensayo aquí. -RPL y BMN, 03/05/2020

Cientos de estudiantes salen de Kigali hacia las casas rurales (16 de marzo de 2020).

La pandemia de COVID-19 es una de las mayores crisis de nuestra era ­-aunque los elementos de crisis así como ahora se experimentan en el Norte y Sur global, no son enteramente inusuales-. El estado y la milicia reforzando restricciones de libre movimiento, imponiendo aislamiento, toque de queda, con ciudades y pueblos cerrados, no es único en nuestra era, aunque sí podría serlo en los países más ricos del mundo.

Como muchos de nuestros lectores saben por experiencia directa, este aspecto del poder del estado y la imposición de poder sobre toda la sociedad, es familiar a muchos países y personas -sobre todo alrededor de África-. La mayor crisis de nuestras vidas no se siente uniformemente a través del mundo (roape.net ha publicado contribuciones de activistas e investigadores de todo el continente, sobre la respuesta ante COVID-19 en sus países).

Millones en el continente han experimentado crisis reales de alimentación, colapso en su sistema de salud y la terrible, y prolongada tragedia, de muertes tempranas prevenibles (recordemos que las enfermedades infecciosas son comunes en muchos países del Sur Global). Hemos visto tragedias, de proporciones humanas gigantescas, que se desarrollan en una sucesión de fuego rápido en países en los que ROAPE tiene una larga historia.

La crisis económica acelerada por la reestructuración propugnada por el Banco Mundial y el FMI, en Zimbabwe, fue inicialmente seguida con entusiasmo por el gobernante ZANU-PF en la década de 1990, solo para conducir a una crisis política masiva más tarde en esa década. El régimen sobrevivió a los levantamientos populares, pero el nuevo siglo ha visto una depresión agrícola y económica cada vez más profunda, que llevó al exilio a millones de personas, y para aquellos que se quedaron en el país, una vida de escueta existencia.

A medida que los precios fluctuaban y la crisis económica continuaba, las tiendas de alimentos se vaciaron de alimentos básicos y los hospitales se inundaron. Millones murieron. Hoy, 5,5 millones de personas en el campo y 2,2 millones en las zonas urbanas siguen necesitando asistencia urgente, y la desnutrición aguda sigue aumentando.

Una historia similar, aunque en una escala aún más profunda, impactó al Congo. Todos los aspectos de la sociedad se transformaron más allá del reconocimiento a fines de la década de 1990 a medida que la «crisis» combinada paralizó las instituciones, rompió los débiles servicios de salud y anuló las redes de apoyo comunitario. En las guerras apoyadas y financiadas por casas mineras multinacionales -grandes y pequeñas- cientos de miles fueron expulsados ​​de sus hogares, ya que las ciudades, pueblos y comunidades fueron destruidos o abandonados a medida que la lucha se extendía desde el este.

En 2014, en Burkina Faso, un movimiento popular -una insurrección, como lo describen los activistas- derrocó al dictador «democrático» del país, Blaise Compaoré. El proyecto de «reestructuración» de Compaoré que comenzó con su golpe de estado contra su ex camarada, el reformador radical, Thomas Sankara, en 1987, fue apoyado, una vez más, por donadores internacionales y compañías -francesas, canadienses y chinas, por ejemplo-. El país también experimentó una deforestación devastadora y acaparamiento de tierras por parte de compañías mineras respaldadas por el gobierno en Uagadugú.

Durante años, la gente de Burkina Faso ha sufrido -un lamentable sistema de salud brindado por el estado, una severa represión de los países más ricos contra la profusión de sindicatos, grupos de protesta y organizaciones comunitarias-. Activistas y manifestantes murieron en acciones durante décadas. Otros apenas sobrevivieron en las ciudades y áreas rurales (donde el agua es a menudo escasa), donde la inseguridad alimentaria genera hambre crónica y generalizada. Esto en un país donde el cambio climático también determina los medios de vida del 90% de los habitantes, pues dependen de la agricultura para subsistir.

En los últimos años se han producido inundaciones repentinas y sequías en Burkina Faso, como en otras partes del continente, lo que ha destruido los cultivos y ha dejado a miles de personas en una situación de desnutrición aguda. Parte de los desastrosos impactos del cambio climático ya se están experimentando en África.

Pulverizado por décadas de reforma estructural, el continente africano se verá afectado por COVID-19 -probablemente arrasará con poblaciones susceptibles, particularmente en asentamientos urbanos e informales, y podría matar a multitudes-. Pero en las poblaciones que ya están sufriendo agresiones, donde los aumentos intermitentes en la intensidad de muertes y enfermedades son común, lo inusual de esta ola de insulto solo será avivado por una narrativa global de una «nueva amenaza».

Los ejemplos, alrededor del continente, continúan -las causas, cubiertas desde hace mucho tiempo por ROAPE, son familiares: la producción de alimentos y la rentabilidad de las corporaciones multinacionales, el acaparamiento de la tierra, la minería y el desplazamiento de comunidades, las luchas de clases y la acumulación por parte de la élite-.

Estos elementos de nuestro análisis colectivo de años apuntan claramente a que la devastación -la crisis «permanente» en el continente- y la acumulación de capital, que recae en el fondo del brote de COVID-19, es tal cual, mortal y devastador.

¿No es la experiencia de vida con el brote de COVID-19, que ahora se siente por primera vez en muchas generaciones en el Norte Global, la experiencia común de vida y muerte en el Sur?

Queremos llamar la atención sobre dos aspectos de la crisis de COVID-19 y dirigir a nuestros lectores y seguidores a un análisis vital para comprender lo que está sucediendo. La primera es cómo un virus marginal, o patógeno, pudo transitar tan rápidamente por todo el mundo.

Las causas no son simplemente los aspectos «negativos» de la globalización, que muchos comentaristas, de izquierda y derecha, están interesados ​​y son capaces de señalar. También debemos ver el aumento en las tasas de virus como íntimamente relacionado con la producción de alimentos y los márgenes de ganancia de las empresas internacionales. Como Rob Wallace, autor de Big Farms Make Big Flu ha declarado: «Cualquiera que pretenda comprender por qué los virus se están volviendo más peligrosos debe investigar el modelo industrial de la agricultura y, más específicamente, la producción ganadera». En una palabra, el capitalismo.

ROAPE ha analizado cómo el capital está dirigiendo el acaparamiento de tierras hacia los principales bosques y tierras de pequeños propietarios en todo el Sur Global y, en particular, de África. Como Wallace ha demostrado, dicho acaparamiento de tierras impulsa tanto la deforestación como el desarrollo, lo que conduce a la propagación de enfermedades. Una vez «contenidos», los virus ahora están llegando a las poblaciones de ganado y humanos.

África ha encabezado estos desarrollos, por lo que, en palabras de Wallace, “Ébola, Zika, los coronavirus, nuevamente la fiebre amarilla, una variedad de influencias aviarias y la peste porcina africana, son algunos de los muchos patógenos que viajan fuera de las zonas más remotas a zonas periurbanas, capitales regionales y, en última instancia, a la red mundial de transporte”.

En segundo lugar, además de estos profundos promotores estructurales de patógenos «remotos» en la economía global, hay otras contradicciones profundas.

Lo más alarmante es la respuesta de los gobiernos en el Norte Global -enormes rescates, en el Reino Unido, de un total de £ 330 mil millones (en la primera semana de la crisis), en su mayoría de grandes empresas, priorizando a los propietarios sobre los inquilinos, y la vieja charlatanería científica defendiendo la negligencia del estado de los trabajadores-. Sin embargo, en algunos casos, y en algunos países, se está presionando para obtener una respuesta más completa que incluya garantías salariales para los trabajadores que ya están siendo despedidos por miles y seguridad para aquellos que todavía están en el trabajo. Como siempre, cualquier progreso dependerá de la presión aplicada por los propios trabajadores dentro y fuera de la estructura sindical.

Actualmente, en las últimas dos semanas, en algunas partes de Estados Unidos, ha habido una moratoria sobre los desalojos, ejecuciones hipotecarias y cierres de servicios públicos, y el Congreso ha aprobado el desempleo de emergencia y la baja por enfermedad pagada. En otras palabras, se está haciendo lo que se consideró «demasiado socialista» y «políticamente imposible» al comienzo del brote.

Creemos que este es un momento para construir la unión para una estructura social alternativa al capitalismo, que seguirá fallando completamente en África y el Norte Global, a pesar de su capacidad de adaptación. Desde que ROAPE se estableció en 1974, ésta sigue siendo nuestra esperanza y proyecto.


Leo Zeilig es editor de roape.net y Hannah Cross es presidenta del Grupo de Trabajo Editorial de ROAPE. Las opiniones y argumentos en este blog son nuestros y no reflejan necesariamente los de todo el Grupo de Trabajo Editorial. Agradecemos a Nadine Ezard y Sarah Gray por su aporte en este trabajo.

Traducido por Rebeca Pacheco L. y Brian M. Napoletano.

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